18.4.12

POST INVITADO. JORDI Y JOAN: ESTOCOLMO I

JORDI Y JOAN


Jordi y Joan son unos amigos muy viajeros y muy modernos. Creo que son lo más moderno y "gafapasta" (aunque Jordi no lleve gafas) que hay en Mallorca, la primera vez que les vi pensé "estos chicos parecen muy guays, quiero conocerlos". Jordi es catalán como yo y ya lleva en la isla bastantes añitos, es profesor de cultura visual y su especialidad es el arte urbano (hemos podido trabajar juntos gracias a ello). Joan es mallorquí, historiador del arte, diletante musical y aficionado al clavecín. Juntos hacen un tandem muy interesante y una pareja encantadora. Las fiestas y cenas en su casa son como las de la Preysler, incomparables, inconfundibles. Cada año montan su famoso Givit en Navidad, una especie fiesta de amigo invisible con cena, sesión de dj invitado y regalos que tienes que envolver de lo más original. En verano montan la fiesta del solsticio por San Juan, una fiesta de disfraces temática (la última tenías que ir vestido de algún célebre Juan, John, Juana, Joan...) acompañada de rituales para entrar con buen pie en esa época del año. Son profesionales ya del intercambio de casas en sus viajes (Nueva York, Roma, París, etc.), para nosotros todavía una asignatura pendiente. Joan se ofreció a explicar su intercambio de casas en Estocolmo y el resultado es el primer "Post invitado". Muchas gracias a Joan por su excelente post (dividido en dos capítulos), por su generosidad al explicarnos su viaje tan detalladamente y a Jordi por las fotos, es un honor que ellos inauguren esta nueva sección. Esta sección no podía empezar mejor, ¡deseamos larga vida al Post invitado!
 

OBERTURA

Antes de empezar quiero dejar claro que el autor de estas líneas es un profundo admirador de la cultura escandinava y de todo lo que representa. Devorador ávido de pelis desde Bergman (me he tragado Fanny & Alexander un montón de veces) a Lars von Trier, y de ABBA a JJohanson, desde niño siempre he sentido una especial fascinación por estos países y por su espiritualidad.


Aunque soy enemigo declarado del frío (en vías de reconciliación, como se podrá deducir del siguiente decálogo y al hecho mismo de este viaje) y amante oficial del verano y las noches caribeñas de 30º de temperatura y 234 % de humedad —típicas del clima veraniego mallorquín, debo decir que el paisaje humano, artístico y natural de la región escadinava me fascina.

Este amor empezó de la forma más tonta cuando, de niño, mi madre entabló amistad con dos señoras, una sueca y la otra finlandesa. De su mano pude acceder a algunos aspectos de esta cultura que me fascinaron (tener en cuenta que hasta hace poco más de una década Escandinavia aún era, por lo menos para nosotros los mediterráneos, algo exótico). A partir de aquí empezó mi atracción visual por la decoración navideña escandinava (nada que ver con el espumillón y lucecitas kitsch patrias) y por la forma de hacer y de estar de estas gentes. Poco a poco, mi domicilio familiar se fue enriqueciendo con algunas aportaciones decorativas de estos países. Como ya podréis suponer, uno de los puntos fuertes de la decoración escandinava son las velas (parece exagerado, pero hasta que uno no va a Suecia en invierno no se da cuenta de la simbología y necesidad de este tipo de iluminación). Posteriormente, con la llegada de IKEA a nuestra isla, el fervor escandinavo se fue desvaneciendo, bien porque los productos que ofrece esta cadena, aunque suecos en origen, estaban ciertamente desvirtuados del ideal escandinavo que había fabricado en mi mente, o porque simplemente me fui haciendo mayor y este tipo de cosas dejó de atraerme.

No fue hasta hace dos años que decidí, junto con mi marido Jordi, emprender un viaje a Copenhagen (reivindicada por los daneses como la capital de Escandinavia, aunque los suecos matarían por sostener lo contrario...) y donde pude recuperar mi “filia” por las tierras bálticas. A este viaje le siguió otro, también a Dinamarca, esta vez a Skagen, la punta más septentrional del territorio danés (si exceptuamos a Groenlandia, of course...). El viaje se perpetró en pleno invierno, lo cual os da ya una idea de mi fervor por las tierras nórdicas, yo ávido consumidor de las horas de sol en nuestros tórridos veranos.


Finalmente, y gracias a que ya habíamos iniciado estas incursiones previas, decidimos armarnos de valor y concertar un intercambio de casa para poder pasar las fiestas de Año Nuevo 2011-2012 en la capital sueca.


Pero antes de iniciar el relato del viajecito, aquí van unas normas básicas (y tópicos a desterrar) para ir (y dejarse llevar) a Estocolmo en pleno invierno:

- Perder, de una vez por todas (si es que éste es tu caso) el miedo al frío. A diferencia de lo que pensamos, Estocolmo es una ciudad mucho más cálida de lo que parece. Ya sea por las corrientes del báltico, los miles de islas que la separan del mar (Archipielago, sí, aunque suene raro, los suecos también lo llaman así) y por lo increíblemente acondicionadas que están las casas, tiendas y lugares de ocio, te olvidarás que en el exterior hay temperaturas bajo cero.

- Los escandinavos son unos antipáticos. Una de las mayores sorpresas que tiene uno cuando lleva unos días codeándose con los nativos es que se da cuenta que Escandinavia es una tierra de gente acogedora. A nuestros ojos latinos puede parecer que son muy “modositos” (que lo son) pero cuando te cogen confianza son muy majos, ¡oye! Además, Suecia se distingue por ser uno de los países más “civilizados” del mundo y esto se nota cuando recorres sus calles. La gente es educadísima y amabilísima. Por tanto, aunque no tienen que ser siempre necesariamente simpáticos o extrovertidos, tienes la sensación de que todo el mundo te trata bien. ¡Vamos, igual que en la cola del metro de cualquier capital española!

- La comida es mala. Bueno, esta afirmación es ciertamente matizable. Aunque precisamente la cocina sueca no goza del privilegio de estar incluída entre las mejores del mundo, sí que es cierto que los pocos ingredientes con los que la elaboran (debemos tener en cuenta que a parte de su gran tradición pesquera, las materias primas que llenan las ollas de los cocineros suecos son más bien poco variadas), el gusto por la gastronomía está muy extendido. Los suecos son unos profesionales del saber vivir y el saber estar y, en este caso, la gastronomía no es una excepción. En los restaurantes se cuidan los detalles al mínimo (no sólo en ambientación) y el servicio suele ser también muy bueno.


- En invierno oscurece enseguida. ¿La gente se va a la cama?
Bueno, si bien esta es la primera reacción que tiene cualquier habitante de los países mediterráneos que se desplace a Suecia en pleno solsticio de invierno (el sol suele salir sobre las 9.00 y se pone aproximadamente a las 15.30 hrs.), cuando lleves unos días ya te habrás acostumbrado plenamente. Eso sí, la sensación de cansancio es mucho mayor (sobre todo después de una trepidante jornada recorriendo museos y tiendas...). Por lo tanto, te recomiendo el ya proverbial “donde fueres...” y te integres plenamente en la vida sueca lo antes posible. A saber: desayuno continental abundante regado con la mayor cantidad de líquidos calientes (tés, cafés, etc.); almuerzo ligero y sur la marche en cualquiera de los baretos o cafeterías que ofrecen apetitosos sandwiches y ensaladas; cena copiosa acompañada de vino y/o cerveza. Por supuesto, entre y entre, puedes intercalar todos lo cafés/tés/glöogs hirviendo que necesites para poder aumentar unos grados tu temperatura corporal acompañados de las típicos dulces navideños suecos.

- Suecia es carísima. Si bien actualmente el cambio de moneda coronas suecas/euro sigue beneficiando a los escandinavos (hecho al que hay que añadir el superior nivel de vida que hay en Suecia) si te lo montas bien, vas con cuidado de no frecuentar los típicos lugares para turistas y consigues agenciarte una casa (por amistad o intercambio, como fue nuestro caso), el presupuesto necesario para el periplo se reduce considerablemente.

- Los suecos se suicidan constantemente. Vaaaale, sí, otro tópico. Suecia cuenta con el desagradable honor de ser uno de los países con un mayor índice de suicidios del mundo. La explicación es muy fácil: el hecho de reducirse considerablemente las horas de sol durante el invierno provoca inevitables trastornos en el humor de las personas. Por lo tanto, es probable que una mala racha (pérdida de la pareja, pérdida de trabajo, etc.) pueda ser sobrellevada de peor manera que por el resto de mortales. Por eso deducimos que hay un mayor número de depresiones. Por otra parte, el carácter afable de los suecos y el montón de alternativas de ocio, formación y trabajo que se dan durante las horas centrales del día —cuando ya ha oscurecido— facilitan que la población no esté en sus casas y que se socialice lo máximo posible. Además, para los que se queden en casa, Suecia cuenta con una antiquísima tradición de interiores que hace que los escandinavos tengan una especial habilidad para decorar sus viviendas que siempre son muy acogedoras, debido a que pasan muchas horas en su interior. Aun así, siempre habrá excepciones.



JORNADA 1


La llegada a Estocolmo es muy fácil. Recomiendo que a la hora de elegir el vuelo, optes directamente por el aeropuerto central de Estocolmo, Arlanda. Hay otro aeropuerto, pero está situado a unos 40 km. de distancia y las conexiones con la ciudad, por lo que me contaron los propios nativos, son bastante deficientes.


El mejor sistema para conectar la terminal de Arlanda con la ciudad es el Arlanda Express. Aunque los billetes no son precisamente baratos, si tienes suerte puedes acogerte a alguna promoción de billete de ida y vuelta para dos personas (en el caso de que viajes con tu media naranja, como fue mi caso). De esta forma, el segundo billete te sale casi gratis.


Cuando uno se mete en el vagón, se acomoda en la butaca y el tren se pone en movimiento, te embarga la sensación de “¡¡sí, ya estoy en Escandinavia!!”, bien sea por la decoración cálida basada en la proliferación del uso de la madera en los interiores, la gentileza de los asistentes del tren o por la puntualidad y facilidades que ofrece este medio.
Puesto que se trata de un tren lanzadera, no hace demasiadas paradas y, para poder llegar al centro de la ciudad, hay que bajarse en la Stockholm Centralen. De allí salen todas las líneas de metro (que en Estocolmo se llama Tunnelbana) y la mayoría de autobuses.


Para poder utilizar el metro (un medio bastante recomendado, sobre todo en invierno ya que la posibilidad de desplazarse en bicicleta queda casi automáticamente descartada debido a las bajas temperaturas y al hielo o nieve de la calzada) puedes comprar varios bonos. Uno de ellos parece una ristra de cupones de la rifa de la cesta de Navidad (sí, ya sé que he dicho antes que son muy modernos, pero algún fallo deberán tener, ¿¿no??) y sirve para unos ocho viajes. Después está otra opción para los que estéis más días (fue nuestro caso) y que consiste en adquirir una tarjetita azul SL que permite, mediante contacto magnético, acceder a todas las líneas de metro, autobús, tranvía e incluso algunos trasbordadores. La tarjeta en cuestión se compra en una especie de kioskos que se encuentran al lado de casi todas las estaciones (sí, diantre, otro anacronismo tecnológico de estos suecos...) pero se recargan en las máquinas especiales que hay en la entrada. Conviene conservarlas puesto que tienen un depósito de unos tres euros y puedes reutilizarlas en futuros viajes a Estocolmo.


Puesto que ya era tarde, poco más pudimos hacer el día de nuestra llegada y nos dirigimos directamente al apartamento que habíamos intercambiado. Una vez allí nos dimos cuenta, una vez más, de lo confortables, modernos y amables que son los espacios interiores suecos. El apartamento, aunque chiquitín, era de lo mas acogedor y, para acabarlo de mejorar, estaba situado en una de las islas más de moda en los últimos años: Södermalm (llamado por los mismos suecos como SO-FO, en clara alusión a su condición de barrio alternativo y de moda entre la gente joven).


Esta es la vista nocturna que se observaba desde una de las ventanas del apartamento y que refleja una bonita tradición sueca: durante todo el período navideño los suecos colocan candelabros de siete brazos (normalmente eléctricos) y estrellas de luz para decorar sus ventanas. De esta forma, cuando paseas por sus calles de noche, te da la sensación de que casi es de día por la multitud de luces que te acompañan.




JORNADA 2


Después del preceptivo y abundante desayuno, salimos escopeteados decididos a aprovechar las pocas horas de sol y a disfrutar de la ciudad en un día de sol espléndido. Después de cruzar Södermalm, nos dirigimos al Gamla Stan —otra isla de las muchas que conforman la ciudad, núcleo original de la urbe sueca—. Nada más llegar a la isla (se accede por uno de las decenas de puentes que intercomunican las islas del archipiélago de Estocolmo) nos maravillamos con el que, según dicen, es el árbol de Navidad más grande del mundo. La verdad es que no nos molestamos en anotar su altura porque quedamos muy decepcionados del trato que se da a la naturaleza en la navidad escandinava. Aunque aceptamos que estos países cuentan con una abundante profusión de bosques, no nos parece muy lógico diezmar la población de abetos con fines decorativos.



Además, este record guinness de los árboles navideños es de “mentirijilla”. Como se puede observar en la foto, las ramas están clavadas y proceden de otros abetos, estrategia elaborada para obtener el “árbol perfecto”.




Una vez acabado nuestro “lamento” ecologista, y de haber gozado de la maravillosa luz invernal, nos dirigimos a visitar la Storkyrkan (la catedral de Estocolmo).



En su interior, a parte de una maravillosa y sobria estructura gótica, se puede ver una extravagante representación del archiconocido tema iconográfico medieval de San Jorge y la princesa (1489), obra del escultor gótico Bernt Notke. Además, la catedral es sede de numerosos ciclos de conciertos de música religiosa y barroca.




El Gamla Stan es conocido como el barrio más turístico de Estocolmo. La pareja con la cual intercambiamos nuestros apartamentos ya nos advirtieron y, la verdad, no se equivocaron. Por otra parte, si prescindimos de las hordas de “guiris”, la zona es que es de lo más pintoresco y uno se puede perder en sus laberínticos callejones (uno de ellos, el Mårten Trotzigs Gränd, tiene el honor de ser la “calle más estrecha de Suecia”, prometo no mencionar más récords en esta crónica, jajaja).




A media mañana decidimos tomar un tentempié, por lo de mantener caliente el cuerpo, y nos metimos raudos en una chocolatería que tenía una pinta tremenda (nota aplicable a cualquier tipo de destino: si deseáis degustar el mejor chocolate o café acompañado de los pasteles más suculentos, desconfiad de los sitios de diseño y dejaros guiar por las abuelitas. Parece ser que las mujeres, a cierta edad, desarrollan un gen que les permite geolocalizar las mejores chocolaterías. Por tanto, ¡seguidlas!).


Eso hicimos y nos encontramos inmersos en una chocolatería que parece que no ha sido retocada desde principios del siglo XX. Huelga decir que el chocolate era delicioso (el café, lo siento, pero de los Alpes pa’ arriba es imposible degustar un café en Europa que no sepa a “aguachirri”...) y que las enormes porciones de sus deliciosos pasteles nos vinieron como agua de mayo.




En la foto os podéis hacer una idea del templo del dulce al cual me estoy refiriendo (el Sundbergs Konditori, situado en Järntorget 83 (basta ver la cara de la señora, finlandesa por cierto). Nota: cuando llevéis unos días en Suecia no os costará nada diferenciar a los suecos de los daneses y de los finlandeses. La mayoría tienen unos rasgos faciales muy característicos que los diferencian. ¡¡Averiguad cuáles!!


Otra opción para los que visitan el Gamla Stan es hacer un recorrido guiado por el palacio real (Kungliga Slottet). Particularmente, y por lo que vi, no me pareció una visita muy interesante, y optamos por prescindir de los regios aposentos para patear la zona de la Riddarholmskyrkan  desde donde se puede contemplar la espectacular mole del Stadshuset (ayuntamiento) y la estación central.




Aunque la visita al ayuntamiento podría considerarse como bastante prescindible (es un mamotreto de ladrillo de estilo neomedieval), la verdad es que el paseo hasta allí fue muy agradable por no decir de las vistas que se tienen desde su embarcadero que son espectaculares.




Como ya empezaba a anochecer (eran las 15 hrs. snif, snif...) nos fuimos a dar un garbeo por la zona de la ópera (Operan) y el parque que hay justo detrás (el Kungsträdgården). Cuál fue nuestra sorpresa cuando nos encontramos con la típica pista de patinaje sobre hielo (mantenida, esto sí, de forma natural gracias a los rigores meteorológicos...). Parecía un cuadro impresionista, delightful!




Desde allí nace el Hamngatan, una imponente calle comercial que, en época navideña, se llena de luz y de color (sí, como la Tómbola de Marisol) y que aunque sean las cuatro de la tarde y ya noche cerrada, no da la impresión de que el pulso de la ciudad vaya a paralizarse en ningún momento.




Esta calle comercial termina en la plaza de Sergelstorg donde luce una especie de pirulí escandinavo que se ilumina al anochecer, como no podría ser de otra forma, por cuatro abetos navideños y renos lapones de mentirijilla...




En un lado de la plaza se encuentra el Kulturhuset, un lugar ideal para los gafapasta locales y foráneos. Cuenta con diversas plantas donde uno se puede encontrar desde salas de cine alternativo, galerías de arte, restaurantes, bares e incluso ¡un club de ajedrez! El lugar ideal para pasar las interminables tardes del invierno nórdico rodeado de cultura o simplemente degustando un café en una de sus cafeterías con vistas a la plaza del Sergelstorg.




Para redondear el día, nos fuimos a disfrutar de una representación operística en la Operan de La fanciulla del West de G. Puccini.




La puesta en escena fue espectacular pues reproducía la estética de los spaghetti western, y las voces y la orquesta estuvieron geniales. Además, a nivel de precio, las entradas eran totalmente asequibles para bolsillos españoles, ya que la cultura está subvencionada en gran parte por el estado sueco, paradigma de la socialdemocracia europea.




JORNADA 3


El día también amaneció con buen pie y por eso decidimos darnos un garbeo por el SO-FO visitando lugares recónditos de Södermalm. Desgraciadamente, los horarios comerciales suecos son bastante particulares y la mayoría de tiendas no abren hasta mediodía y suelen cerrar a las seis de la tarde. Para compensar nuestras ansias de compras, nos fuimos a visitar la Katarina Kyrka, un encantador templo barroco situado en medio de un cementerio, todo ello en la parte más elevada de Södermalm.




El interior del templo, como buen ejemplo de la arquitectura religiosa luterana, presenta una sobriedad total a la vez que un sentido de espacio doméstico y acogedor muy presente.




Continuamos dando un garbeo por el barrio y pudimos ver el origen semi-industrial de la zona, reconvertida ahora en barrio de moda y repleto de áreas de arte e intervención urbana (que tanto chiflan a Jordi).





Justo al lado del camposanto se encuentra el Fjällgatan, un reducto de la típica arquitectura en madera propia de esta ciudad antes del siglo XVIII cuando gran parte de la ciudad fue renovada a construcciones en piedra debido a los innumerables incendios. Actualmente, muchas de estas casas están habitadas por gente mayor que sigue conservando su particular forma de decorar sus ventanas que a nosotros nos puede parecer ciertamente kitsch.




Por otra parte, la ventaja de este pequeño barrio es que ofrece unas vistas espectaculares sobre el Gamla Stan y gran parte de la metrópolis sueca.




En la parte inferior de este barrio que cuelga literalmente de un acantilado, se encuentra el museo de fotografía Fotografiska ubicado en una antigua construcción fabril perteneciente al complejo portuario, ya en desuso. Obviamente decidimos visitarlo ya que es uno de los principales referentes europeos en la divulgación del arte fotográfico. Como valor añadido, tiene una de las mejores cafeterías de museo que jamás he visitado, con una enorme variedad de menús y con unas vistas espectaculares.




Después del mini almuerzo de rigor, decidimos darnos una vuelta por la zona del puerto y caminando, cruzamos dos puentes hasta llegar a la isla Skeppsholmen que alberga el Moderna Museet que en ese momento exibía una interesante muestra de su colección de fotografía. Cómo no, el interior del museo (obra del arquitecto español Rafael Moneo) es otra muestra del diseño escandinavo adaptado a la funcionalidad y a conseguir una increíble sensación de calidez.




Cuando salimos ya era de noche y la ciudad, llena de una espesa niebla, ofrecía esta imagen misteriosa.


2 comentarios:

  1. Quina entrada més bonica. Estic pendent d'un viatge a Copenhagen aviat, tornaré a llegir-la abans de marxar.
    Ptnts,
    Nani

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  2. Gràcies Nani! Doncs demà es publicarà la segona part, no deixis de llegir-la! I com veig que t'agrada viatjar, si vols participar en el "Post invitado" estàs més que convidada.

    Petons,
    Dory

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